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La mejor manera de enseñar a leer y escribir

La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra, dice categóricamente Pablo Freire en un hermoso texto sobre la importancia de leer y argumenta que la mejor forma de aprender a leer y escribir es desde el mundo en que se vive, ya que existe una vinculación dinámica entre lenguaje y realidad.

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Ricardo Bracamonte

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Según este texto, Freire recuerda que durante su infancia, lo primero que se dio fue la lectura del mundo en que se movía; luego, mucho más tarde, la lectura de la palabra y esta siempre vinculada a ese mundo (LA PALABRA MUNDO, dice Freire).

Freire observaba y palpaba la realidad de su infancia, la vivía intensamente. Los cinco sentidos absorbían el follaje de los árboles, el canto de los pájaros. Desde ahí aprendió a leer, primero, los textos de la realidad, las palabras de su mundo y las letras de su propio contexto.

Importante cómo a medida Freire leía su propia realidad de niño, en esa medida iba disipando los miedos de lugares sombríos o bosques espesos que le causaban tanto temor.

Simultáneamente se enamoró de la palabra oral a través de los cuentos y leyendas narrados por su abuelo.

Desde ese mundo y en ese mundo aprendió a leer y escribir; jamás, ese proceso de aprendizaje significó la ruptura entre su realidad y la palabra escrita que iba aprendiendo.

Fue en esa rica experiencia de comprensión de su mundo inmediato, que comenzó a ser introducido en la lectura de la palabra.

"Fui alfabetizado en el suelo de la quinta de mi casa, a la sombra de los mangos y con las palabras de mi mundo y no del mundo mayor de mis padres", recuerda el famoso pedagogo.

Las palabras-mundo fueron la motivación para luego pasar a la palabra escrita. Para alfabetizarme, explica.

Importante reflexionar sobre este punto para recordar, por ejemplo, cómo enseñábamos (o enseñamos aún) a leer a nuestros niños de primer grado. De cómo el proceso de aprender a leer y escribir puede convertirse en un acto de sacar al niño de su realidad para introducirlo en la realidad de un libro que pudiera llamarse Silabario o Coquito o el libro Mantilla o cualquier libro de texto.

Desde ese momento la escuela, inconscientemente, ignoraba, desvaloraba y ninguneaba la realidad del estudiante a tal grado que en muchos casos, hasta la despreciaba. Proceso que peligrosamente podía repetirse en la enseñanza-aprendizaje de los demás años de estudio.

Todavía recuerdo, como anécdota, cuando los niños de mi grado leían b-o, bo; t-e, te; y al ver el dibujo decían "¡lancha!" y me molestaba porque la mente los llevaba a su realidad y yo los manipulaba a la realidad del libro. Y todavía tenía el coraje de comentar con los compañeros docentes cómo era posible que los niños no pudieran repetir algo tan sencillo.

La fotocopia, la paginita impresa, los carteles e, incluso, los videos más sofisticados, si se utilizan erróneamente, tienden a convertirse en los materiales idóneos para contar la realidad, tal y como el maestro quiere que se cuente, y que en muchos casos, niega la realidad que día a día vive el estudiante.

Tags:

  • lectura
  • Pablo Freire
  • mundo
  • enseñanza-aprendizaje

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