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"Todo se nos llenó hasta de heces"

Cualquier intento de mitigación que han hecho en la colonia La Málaga no ha tomado en cuenta el caudal real que se forma en la zona cuando hay tormentas tropicales, dicen vecinos.

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Pérdidas. Gabriela de Guandique muestra los que quedó de su apartamento en La Málaga, luego de que el agua arrasara con todo.

Pérdidas. Gabriela de Guandique muestra los que quedó de su apartamento en La Málaga, luego de que el agua arrasara con todo.

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Ana Cecilia prefiere que se la lleve el río antes que cambiarse de colonia. Tiene 36 años viviendo en La Málaga y esta es la cuarta vez que la lluvia la deja sin nada en dos décadas. Desde entonces, le ha tocado reinventarse, siendo vendedora informal, porque para ella no es opción dejar su vida y la de sus dos hijas a merced de la violencia criminal.

"Este edificio está hasta con banderín rojo desde el terremoto del 86. Aquí estamos por la buena de Dios, pero la ventaja que tenemos aquí es que no hay mareros. Toda la gente me dice: ‘¿Y por qué no se va de allí?’, pero es que yo prefiero que me lleve el río a irme con mis tiliches a otra parte donde hay pandillas", afirmó ayer, parada en el umbral de su apartamento, frente al río Arenal.

Debido a la restricción de movilidad impuesta por el Gobierno en el marco de la pandemia por covid-19, Ana Cecilia, de 55 años, no pudo seguir saliendo a vender sus camisas, algunas estampadas con el famoso ratón Mickey Mouse, esas que el presidente Nayib Bukele dijo que no son indispensables, pero que para ella representaban su único ingreso económico.

En aras de no morir de hambre, decidió ir a comprar fruta al mercado y venderla bajo un techo de láminas que había terminado de colocar recién a fin de año.

"Entre empujones y empujones, como $500 me había costado esa champa, porque la fui haciendo por pedazos, cuando me sobraba dinero. Mi hija menor, que tiene 24 años, tiene Síndrome Down, entonces, con mi hija mayor no nos quisimos arriesgar a contagiarla, por eso se nos ocurrió porner la ventecita y hacer tortillas, con una plancha que tengo allí, que ni es mía, una amiga la ha dejado aquí", explicó.

La correntada de agua, sin embargo, desapareció esos $500 más los $150 invertidos en la venta de frutas en cuestión de minutos. "La champita tronaba como si la estuvieran haciendo puño, como quien estruja un papel en la mano; si hasta los carros parecían de hule", describió su vecina, Gabriela de Guandique, cuya casa también terminó siendo una piscina de lodo.

 
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La hija mayor de Ana Cecilia, Ámbar, una joven de 36 años, quien debido a las penurias económicas de su familia logra estudiar de vez en cuando alguna materia de Anestesiología en la Universidad El Salvador (UES), cuando hay dinero para pagar la cuota o cuando no tiene que salir a vender como su mamá, relató cómo el agua no solo destruyó la puerta de entrada, sino también se coló por las ventanas traseras de la vivienda, a un metro de altura, por los tragantes y hasta por el inodoro.

"La refrigeradora quedó boca arriba, como si la hubieran chineado y colocado en esa posición. Del inodoro hasta salieron ratas. Yo perdí toda mi ropa, está llena de lodo", detalló y contó que hace menos de un año llegaron a dejarle una alarma temprana que usó por primera vez para alertar a la comunidad.

"Pero es cuestión de minutos lo que nos da esa alarma, porque solo la conecté y casi que salimos corriendo para arriba", narró. Arriba es a la segunda planta del edificio, donde viven unos familiares de ellas.

El muro que construyó el MOP a orilla del río Arenal no les ha beneficiado en nada; desde entonces se les mete el agua, enunciaron vecinos.

La misma situación vivió Gabriela, madre de dos niñas de 7 y 8 años, a quienes tuvo que cargar en brazos mientras dormían para ponerlas a salvo en el apartamento de su suegra, también en la segunda planta.

Con inmenso esfuerzo, Gabriela intenta aguantarse las lágrimas, pero afloran en sus ojos cansados, rojos no solo de tanto llorar, sino de no poder dormir.

"Mi esposo es enfermero, así que yo estaba sola con mis hijas. Fue una cuestión de 10 minutos máximo que tuve para llevármelas para arriba y regresar a subir algunas cosas a la mesa del comedor, y lo demás a dejarlo como estaba, porque cuando subí con mi cuñada ya el agua nos llegaba arriba de los tobillos", relató.

Es la primera vez que ella vive una experiencia así, en los nueve años que tiene viviendo en La Málaga, pero su esposo sí había pasado ya incluso por la traumática experiencia de ver cómo 32 personas murieron ahogadas a bordo de un bus que se tragó el río en 2008.

"Si usted hubiera visto... esto era un mar, el agua traspasaba ese muro (a orillas del río Arenal); si hasta la mitad de las gradas que van para la segunda planta llegó el agua. Aquí vinieron a parar zapatos y hasta cacerolas. Todos los muebles se nos llenaron de pupú, nadaban las heces, porque el agua entró hasta por el inodoro. No nos quedó ni una cama para poder dormir y ni siquiera podemos limpiar porque no nos ha caído agua", expresó.

 
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Cuando logró bajar, el cuadro era impresionante. Si a ella le causó un gran impacto, no quiere imaginar lo que sus hijas van a sentir al ver su casa destrozada. El trauma sería ya el segundo, porque luego de que muriera un niño por covid-19 en el Hospital Nacional Benjamín Bloom, su padre tuvo que aislarse y alejarse de ellas.

Mami, ¿y por qué papi duerme solo en la casa?. Mami, ¿y por qué nosotras no podemos ir a la casa?. Mami, ya no queremos estar aquí donde la abu (abuela). Mami, queremos ir a dormir con mi papi. Y así tuvo y seguirá teniendo Gabi, como la llaman sus vecinos, que dar un sinfín de explicaciones a sus niñas.

"Cuando mi esposo vino, él no podía ni entrar a la casa, porque es todo un proceso. No se podía bañar porque ni siquiera había agua, prácticamente se tuvo que desvestir en las gradas para ir a bañarse donde mi suegra. Mis hijas no lo podían abrazar. Y ya habían pasado casi un mes sin poder acercársele por la cuarentena de cuando murió el niño en el Bloom. Aunque él trabaja en Sala de Operaciones, pero cuando requieren recursos, disponen de todos, y de forma indirecta él podía estar afectado; entonces, decidió voluntariamente aislarse en casa hasta que el Bloom les dijera que estaban fuera de peligro, y nosotras nos fuimos a vivir con mi suegra", recordó; y desde ese suceso no han pasado ni dos meses.

Ninguna obra de mitigación realizada en la zona ha tomado en cuenta el caudal real que circula por el río Arenal a la altura de La Málaga, dicen sus habitantes, cuya preocupación más urgente, inclusive antes que la comida, porque almas caritativas les han llevado víveres, es que los pisos de sus casas han comenzado a levantarse.

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